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‘Fedal vuelve’, por Verónica Klingenberger

POR VERÓNICA KLINGENBERGERPeriodista@vklingenberger

Fedal es como se conoce a esa bestia hermosa e implacable que cuando se deja ver descuelga mandíbulas en la era dorada del tenis. Federer vs. Nadal. Dos formas de jugar de las que se ha escrito mucho porque representan todo lo que nos gusta de los deportes: la belleza, el coraje, la templanza, la resistencia, la maestría. Por eso la expectativa ante su encuentro en las semifinales del Roland Garros de mañana se parece mucho a la ilusión. El suizo ha confesado haber vuelto a jugar en arcilla solo para reencontrarse con el español. Nadal ha respondido con el mismo amor: ‘Todos nuestros partidos han sido especiales, pero este, a estas alturas, lo es un poco más’.

La rivalidad más importante de la historia del tenis suma también la mayor cantidad de títulos de Grand Slam y de torneos ATP 500. Los números impresionan, pero no reflejan ni por asomo la magia que se crea cuando se enfrentan. Hay quienes resumen la grandeza de sus confrontaciones encasillando el juego de Federer como belleza técnica y el de Nadal como fuerza corporal. Pero creo que se equivocan. Es cierto que Nadal nunca tuvo el talento de Federer. Hasta su tío Toni lo reconoció en una frase que puede sonar mezquina si no se lee bien. ‘Rafa es el jugador que más veces gana jugando mal’. Pero si intentamos descifrar lo que eso significa -y descartamos el ataque, que no viene a cuento-, podríamos reconocer lo que Toni percibe con orgullo en su sobrino. Para ganar jugando mal se necesita tener una mente y un espíritu enormes. Por eso Nadal es mucho más que músculos. Se equivocan, además, porque el cuerpo de Nadal sufre, y desde hace mucho. Sus constantes lesiones y retiradas son prueba de ello y de algo más importante: su verdadera grandeza está en su cerebro, que se mantiene intacto a pesar del dolor. Nunca se rinde. Pocas veces se ha visto a un deportista tan valiente y competitivo como él. Pero eso tampoco basta para vencer. Se necesita mucha inteligencia para colocar una pelota cuando la cabeza está caliente y el cuerpo es una llaga. Se necesita ser un genio para que tu rival, incluso cuando es el mejor de la historia, no pueda responder: más que ganar, Nadal te hace perder.

Federer no necesita simpatías ni bondades. Su juego es el mejor y el más hermoso que se ha visto. La última vez que enfrentó a Nadal, hace un par de años, le ganó en dos sets. Ese mismo resultado se ha repetido en los últimos cinco partidos que jugaron. Aún así, no puede sacarse ese clavo hundido en una cancha de arcilla ante su mejor rival: de 15 veces que le jugó en tierra batida, solo pudo ganarle dos. En Roland Garros perdió las cinco veces que se enfrentaron (en la semifinal del 2005, y las finales del 2006, 2007, 2008 y 2011).

Esta vez, le toca plantarle cara a un Nadal que llega con un empuje tremendo después de aplastar a Nishikori en poco menos de dos horas, firmando un 6-1, 6-1 y 6-3. Federer viene con las ganas de una revancha histórica y con los laureles de despedir a un magnífico Wawrinka en cuatro sets (7-6, 4-6, 7-6 y 6-4) de tres horas y media. Pocos creíamos verlos de nuevo juntos, en el que será el enésimo partido que jueguen 15 años después de su primer enfrentamiento, en las semifinales de París.

Por ahora Fedal duerme -van casi dos años de hibernación- pero ya sabemos con qué sueña la bestia. Qué suerte la nuestra de estar despiertos para contemplarla de nuevo.

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